No me canso de insistir en cada foro que tengo disponible sobre un tema que me parece particularmente controversial, actual y por lo que, enseguida escribo, personal, por el Día de la Libertad de Expresión.
Yo empecé en el periodismo un 8 de marzo de 2021, en la segunda temporada de la pandemia por COVID-19. En año electoral, año de Juegos Olímpicos, año de múltiples coyunturas.
A cuatro años de distancia, jamás hubiera pensado que justamente el 8M fuera el tema detonante de una serie de atropellos en mi contra, ejercidos sistemáticamente desde diversos frentes con un solo objetivo, el de cortar la tinta a mi pluma y limitar el avance de un trabajo periodístico sobre el cual me jacto, sin arrogancia, que es íntegro, completo, y al menos, interesante.
Una columna escrita para este medio informativo, en la cual destiné espacio a la mercadita feminista -causa que considero por demás justa e importante para la ciudadanía del Valle de Tulancingo-, molestó a más de uno en las cúpulas del poder. Cúpulas que se apostan desde lo gubernamental y, por desgracia, entre los medios de comunicación. Claro que solo fue la gota que derramó el vaso y que cerró temporalmente una serie de molestias causadas por mi trabajo.
En las semanas que siguieron, que por estrés y problemas familiares terminaron por convertirse en tres meses, reflexioné profundamente sobre cuál línea debía seguir. Si la de hacer a un lado mi pasión y rigor profesional, formado por juicio propio y por influencia de diversas corrientes y mentorxs; o si ceder a las presiones de aquellos que siempre someten, para convertirme en un ente comunicador sin convicción y sin estilo, únicamente enfocado en informar “lo que quieren que se informe”. Un polo de la corrupción, prácticamente.
Fueron tres meses en que no llegó a mi mente la inspiración suficiente para continuar con El Hijo del Cácaro. Pero después nos enteramos del atropello en contra del compañero Víctor Celaya, quien, por sus opiniones vertidas en una columna, recibió presuntas amenazas desde el Ayuntamiento de Mineral de la Reforma, una ola de apoyo de los medios independientes de Pachuca de Soto avivó mi esperanza.
No hay esperanza para ser respaldado por el gremio en esta situación. Esperanza de que, en efecto, existe unidad y existe conciencia para afirmar que no hay libertad de expresión en Hidalgo.
La libertad de expresión y el periodismo en Hidalgo
Lo he dicho antes y lo sostengo ahora: los gobiernos de la 4T solo usaron el movimiento de transformación como marca. Es una ficción política.
No hay garantías para ejercer el periodismo a nivel estatal y se vuelven más difusas a nivel municipal. Las administraciones locales prefieren mantener la eterna fantasía de que “todo está bien”, en vez de encontrar en la investigación periodística un nicho del cual diseñar políticas públicas o estrategias para mejorar.
Porque sí, el periodismo debe marcar la agenda y pauta a los gobiernos, no al revés. El periodismo es el medio por el que el pueblo desboca sus necesidades e injusticias sufridas. Uno de los núcleos que, así como el activismo honesto y real, deberían impregnar de conciencia a las clases poderosas.
Por supuesto que suena a utopía y por supuesto que, entre los periodistas y reporteros, pululan decenas de extorsionadores y/o de negociantes. Ellos ven más nuestra tarea como precisamente eso, “un negocio”. Ahí surgen, por ejemplo, los que he llamado anteriormente “medios del boletín”.
Hoy más que nunca, estoy dispuesto a dejar en claro mi postura. Este 7 de junio, Día de la Libertad de Expresión, no hay nada que celebrar. Ni en Pachuca, ni en Actopan, ni en Ixmiquilpan, ni en Santiago Tulantepec, tampoco en Tulancingo y tampoco en Huejutla. Tampoco en Mineral del Monte, Mineral de la Reforma o Cuautepec de Hinojosa.
La libertad de expresión, como lo referí previamente, es el derecho que más le gusta mancillar a la 4T, valiéndose de estrategias emanadas del más puro priismo, de política rancia.
Un periodismo para el pueblo
Merecemos, como pueblo, medios que informen de nuestro lado, porque somos más; de nuestro lado, porque nosotros los elegimos y pagamos; de nuestro lado, porque ya basta de la violencia contra los periodistas hidalguenses, de la persecución sistémica, de los acuerdos para callar, de la censura y de las amenazas disfrazadas de “consejos”.
Merecemos ejercer nuestra labor, sea de profesión u oficio, sin miedo a que nos callen. Sin temor a las consecuencias, porque somos quienes realmente escribimos la historia, no la escriben ellxs. ¿Cuándo entenderán los gobiernos que la actividad periodística representa el ejercicio del derecho fundamental a la libertad de expresión, no una arena arbitraria?
Callar a un periodista, ya sea por la vía del sistema o por la de la fuerza, solo profundiza el eco de una voz que se debe al pueblo. Eso pone en evidencia la nula capacidad de las administraciones para adherirse a los principios del partido que les cobija: un movimiento fincado desde el humanismo, el progresismo, la justicia social, el respeto a los derechos humanos.
Es por ello que la noble y real labor periodística se vuelve en estas épocas un epicentro de lucha social, como un acto revolucionario de profunda conciencia y memoria, porque es mentira que el pueblo tiene memoria flaca.
No se trata de golpetear, otra estrategia rancia del periodismo de antaño. Pero algo es cierto, lo dijo el buen colega Luis Guillermo Hernández de la Sexta W:
Como reportero, uno aspira a que su información SACUDA, CONMUEVA, INDIGNE, MOVILICE. Que cause IMPACTO, POLÉMICA, DEBATE”.
En otras palabras, que avive los ingenios y despierte las reacciones ciudadanas.
Reflexión sobre la prensa en el marco del Día de la Libertad de Expresión
El 29 de abril de 1906, Ricardo Flores Magón, pionero del periodismo mexicano y también de la Revolución, reflexionaba sobre la antítesis que existe entre la prensa. A los subordinados les llamó “prensa sombra” y a los que tienen el corazón del lado que debe ser, les puso “prensa luz”. Y entonces, parafraseándole:
Para la prensa-sombra, todo acto gubernamental es bueno y no sólo eso: es magnífico. Apoyo de tiranías, convence al pueblo de que los hombres de brazo de hierro son seres que la providencia envía a la tierra para dirigir el rebaño humano, sin el cual andarían a ciegas en la oscuridad.
Es la prensa que justifica el atentado. La que hace que los pueblos lleguen a amar el yugo y a considerar la miseria y la injusticia como un acto de Dios, para ganarse el cielo.
Es la prensa que ha crecido a expensas del dinero del pueblo, al que embrutece con beneplácito del gobierno no ahorra esfuerzo por tenerlo en las tinieblas; para esa prensa, solo una cosa es intocable: el gobierno que mantiene a los holgazanes que la integran.
Es una deshonra para la civilización la existencia de esa prensa fermento de estercolero”, decía Magón.
La prensa luz
Por otro lado, la prensa es luz que llega a los corazones de los humildes para prender en ellos una esperanza de justicia.
La prensa es luz cuando se enciende en plena orgía de despotismo para sorprender a los opresores y mostrarlos al pueblo tal cual son: débiles y vulgares, sin esa aureola de divinidad que las turbas pretenden encontrar en cada tirano.
Su luz es tan poderosa que los privilegios deslumbrados claman por el reinado de las tinieblas. En ese terreno, el despotismo puede celebrar sus orgías sin el molesto testigo de la opinión popular. La prensa-luz todo lo alumbra para que todo sea visto.
La prensa debe ser luz. Luz que llegue a las conciencias y haga ver con claridad el error para evitarlo. La prensa debe llegar hasta el esclavo y decirle que tiene derechos, que es igual al amo soberbio y brutal. Es consuelo de los oprimidos y látigo que cruza el rostro de los opresores. Su voz es vida para los que sufren y es amarga y ruda para los detentadores de la libertad. Así dijo Flores Magón:
¿Qué choca a los que oprimen, explotan y embaucan? ¡Es natural! Para el que acostumbra desvalijar a los transeúntes, es una gran contrariedad maniobrar en medio de las miradas de los ciudadanos, y su ideal sería operar en una sociedad de ciegos”.
Pero la prensa honrada no debe detenerse. Su misión es de verdad y de justicia y debe ser aliento para los oprimidos, látigo para los malvados. Fuera máscaras.
La libertad de expresión no vale para los gobiernos más que un acto protocolario durante el día en que se conmemora. Más demagogia, más discurso, más ficción.
Hoy más que nunca, seamos prensa luz. Hagamos otro mundo posible porque, en efecto, es posible. Hasta que la dignidad se haga costumbre. Y para ellos, que piensan que todo lo hacen bien, que piensan que no censuran, ni oprimen, ni callan; para ellos, que tanto les encantan los discursos de su patriarca, cierro con una línea que aplica perfectamente para la situación:
Ustedes me van a juzgar, pero no olviden que todavía falta que, a ustedes y a mí, nos juzgue la historia”.
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