Pocos sucesos como la muerte gozan de una tremenda carga simbólica capaz de pausar las diferencias momentáneas, o aumentarlas, siendo el caso de asesinato de Ximena Guzmán y José Muñoz, funcionarios de Clara Brugada.
La muerte es, si acaso, un momento cumbre que define una coyuntura, retrasando un poco su carácter efímero. En los discursos, un deceso se convierte un combustible que alzará las llamas lo suficiente como para atraer todas las miradas hacia su centro.
La muestra más reciente es el asesinato de los funcionarios Ximena Guzmán y José Muñoz, secretaria particular y asesor de Clara Brugada, la Jefa de Gobierno de CDMX. Durante esa mañana del martes 19 de mayo, la presidenta Claudia Sheinbaum se encargó de anunciar el crimen que llevaba pocos minutos. Sin hacer pública alguna nueva información, el miércoles 20, la mandataria solo adelantó lo evidente: que todo el gabinete de seguridad trabajaba intensamente para resolver el crimen.
Y agregó algo muy particular:
“Ayer estuve con ella, platicando, abrazándola. Que sepa que no está sola, que el gobierno de la Ciudad de México no está solo y el pueblo de México tampoco.”
Fiel a su propia marea, el oficialismo inmediatamente desplegó en declaraciones a medios de comunicación y en sus propias redes un mensaje similar, apelando a la gran herida que tiene la capital del país con ambas muertes, como si se tratase de un hecho que está por encima de los más de 2 mil homicidios anuales que ocurren en CDMX desde el 2017.
Tampoco fueron pocos quienes, por tener un acercamiento circunstancial con Ximena Guzmán o José Muñoz, aprovecharon para posicionarse.
El llamado a la unidad de Morena
No trato de minimizar la desgracia que cayó en Ximena Guzmán y José Muñoz, colaboradores que gozaban de una inteligencia y carisma elevado, según los testimonios apresuradamente reunidos. Ya lo dijo Jacques Derrida: “la muerte no es nada menos que un fin del mundo.”
Pero en este caso, la tragedia singular y medianamente colectiva se traspasa a la tragedia de todo un país. Válido, si viene de una fuerza ciudadana. Este no es el caso. Morena lleva meses llamando a la unidad nacional para respaldar sus acciones. Es un esfuerzo esbozado recientemente en la defensa de la soberanía nacional contra las políticas de Donald Trump.
Para el oficialismo, este nuevo llamado a la unidad por la muerte de Ximena Guzmán y José Muñoz sabe a revancha, dicha como tal o con el eufemismo de justicia. También, para enviar el mensaje de que nadie se mete con los favoritos.
Y no es una práctica nueva. Me aventuro a decir que, en la política, nada es nuevo.
Tras el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, perpetrado el 28 de septiembre de 1994, el entonces presidente, Carlos Salinas de Gortari, hizo un llamado a la unidad nacional. Pidió firmeza en castigar a los responsables. Esa unidad tenía un llamado particular hacia el PRI, para calmar el clima de lo que sucedería después con la primera transición gubernamental a otro partido.
“Estamos decididos a seguir adelante con firmeza, firmeza en el castigo a los responsables, de eso no hay duda.”
Los tiempos no son los mismos. Sin embargo, el asesinato de Ximena Guzmán y José Muñoz es un punto de inflexión. Nos permite identificar que, si el poder quiere, la muerte de unos puede pesarnos a todos.
No es un efecto bilateral.
¿Acaso hubo la misma respuesta gubernamental con relación al campo de exterminio de Teuchitlán?
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