Hace 20 años se llevaron a cabo las elecciones presidenciales en la historia del país. En ese momento, los principales punteros fueron el entonces abanderado del Partido de la Revolución Democrática (PRD), Andrés Manuel López Obrador (AMLO), y el aspirante del Partido Acción Nacional (PAN), Felipe Calderón, quienes disputaron la máxima magistratura del país en los comicios de 2006.
El proceso electoral de 2006 fue singular. En aquel entonces, la ley electoral permitía que las empresas pudiesen participar abiertamente en los comicios. Y por ello conformaron una campaña de descrédito en contra del exjefe de Gobierno de la Ciudad de México, a quien acusaron como “un peligro para México”, al compararlo directamente con el dictador venezolano, Hugo Chávez.
El sector empresarial expresó su apoyo a Calderón, quien, pese a que no era de la simpatía de los dueños del dinero, era más idóneo que contar con un personaje que inmediatamente tildaron de ser una amenaza inminente para la nación y que tenía que evitar su llegada a la silla presidencial a toda costa.
Los resultados oficiales de la jornada del 2 de julio evidenciaron una ventaja de apenas 0.56 puntos porcentuales de Felipe Calderón sobre Andrés Manuel López Obrador, quien dilapidó—en ese momento—su capital político al acusar que se había tratado de un fraude electoral y que el desaparecido Instituto Federal Electoral (IFE) trabajaba directamente para la llamada “mafia del poder”.
Los días posteriores a los comicios a la jornada electoral fueron sumamente tensos. Los seguidores de López Obrador aceptaron la versión del abanderado perredista y consideraron que el IFE había cometido fraude para beneficiar al candidato panista.
El “presidente legítimo”
Inmediatamente se organizó el plantón en la avenida de Reforma en la Ciudad de México y se impulsó el discurso de “voto por voto”, “casilla por casilla” para demandar el conteo de cada uno de los sufragios que se emitieron en la jornada electoral.
Sin embargo, en ese momento la ley electoral impedía al IFE abrir todas las boletas electorales. Y el Tribunal Electoral Federal solo ordenó la apertura del diez por ciento de los paquetes electorales, que fueron insuficientes para calmar los ánimos políticos.
Incluso López Obrador se autonombró como “presidente legítimo” de México, al colocarse una banda presidencial apócrifa para validarse como mandatario federal. Mientras que Calderón aseguraba su victoria “haiga sido como haiga sido”.
La desesperación y enojo de López Obrador provocó que mandara “al diablo a las instituciones”, lo que causó la caída de su legitimidad política. Finalmente, las autoridades electorales otorgaron el triunfo a Calderón para convertirse en presidente de México.
La toma de protesta de Calderón fue convulsa con una toma parcial del pleno legislativo de los legisladores del PRD. Mientras que los representantes panistas protegieron a Calderón para rendir protesta como mandatario federal de manera constitucional y posteriormente retirarse de San Lázaro.
López Obrador acusó a Calderón de ser “presidente espurio” y ordenó a los legisladores perredistas no negociar con el nuevo gobierno panista, entre ellos el jefe de Gobierno de la capital del país, Marcelo Ebrard, y que derivaron en una caída de la popularidad del tabasqueño.
Un gobierno con poco margen de maniobra
De haber ganado López Obrador la Presidencia de México en 2006, su victoria habría sido significativamente menor que la alcanzada en 2018. En ese momento no hubiera alcanzado la mayoría legislativa que tuvo 12 años después. Y no hubiera podido impulsar abiertamente la llamada “cuarta transformación” que tanto ha pregonado.
El margen de maniobra de López Obrador hubiese sido menor. Tendría una férrea oposición, como lo sería el PAN, por lo cual su única opción para impulsar sus programas sociales eran negociar con el Partido Revolucionario Institucional (PRI) para que aceptaran sus propuestas.
Probablemente López Obrador hubiese concentrado a los priistas, que en ese momento estaban completamente desarticulados. Esto después de su derrota más importante en los comicios presidenciales hasta ese momento y tras la ruptura que causó Roberto Madrazo para competir por la presidencia.
Quizás desde ese momento López Obrador hubiese adoptado su pragmatismo para integrar a los priistas resentidos a cambio de su absoluta lealtad. Esto hubiese desarticulado el proyecto político que pretendía el retorno del PRI a Los Pinos en 2012 y que configuraba el empoderamiento del Grupo Atlacomulco.
La victoria de López Obrador habría sido pírrica y, para intentar ganar legitimidad, la misma que intentó Calderón, tendría también que aceptar determinadas medidas de los sectores conservadores con los cuales no tuvo que hacerlo en 2018, con lo cual tampoco habría impulsado las reformas constitucionales que logró en su sexenio, como la reforma al Poder Judicial.
¿Y la delincuencia?
Al asumir la presidencia de la República, Felipe Calderón implementó una medida para ganar legitimidad política y social. Decidió emprender una cruzada contra el crimen organizado, para dejar de lado las críticas políticas para orientarse hacia el enemigo en común del país.
Aunque originalmente Calderón no había impulsado el combate contra el narcotráfico como una prioridad. Ya que pretendía llamarse como el “presidente del empleo”, la situación política que vivía el país causó una serie de modificaciones en su política.
Tras justificar el creciente nivel de la violencia que presentaba en el país, por el expansionismo de los grupos criminales, Calderón decidió sacar al Ejército a las calles como parte de una estrategia orientada a ganar el apoyo social para justificar a su gobierno.
No obstante, la estrategia falló, pues el problema del crimen organizado era mucho más complejo del que había contemplado, pues no se resolvía únicamente con el envío de las fuerzas armadas y por ello México ha padecido durante dos décadas elevados niveles de violencia e inseguridad con escisiones de los grupos criminales.
El gobierno de Calderón no pudo resolver el problema de la violencia. La inseguridad incrementó a niveles estratosféricos al terminar el sexenio, pero que al menos permitió despresurizar las críticas que se habían centrado en su contra, pues López Obrador perdió presencia pública y su imagen se desgastó al no reconocer su derrota.
Si López Obrador hubiera combatido la delincuencia
Si López Obrador hubiese sido presidente en ese momento, probablemente hubiera descartado adoptar una medida de combate directo al crimen organizado, pero también hubiera implicado un crecimiento significativo de los grupos criminales en el territorio nacional.
Aunque el tabasqueño constantemente cuestionaba que tanto Calderón como Enrique Peña Nieto adoptaran un modelo militar en la seguridad pública, durante su gobierno no solo no continuó con esta política, sino que además les concedió más funciones al Ejército, que también se encargó de la construcción de los megaproyectos.
Por ello, si bien las diferenciaciones son significativas, uno de los elementos más importantes de la victoria en ese momento de Andrés Manuel López Obrador hubiera sido que el PRD seguiría existiendo, mientras que el Movimiento Regeneración Nacional (Morena) no existiría.
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