Ignacio García columna

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Ignacio García

Los corridos tumbados, una violencia musical normalizada

Los “corridos tumbados” se han convertido en piezas musicales que han permitido abarrotar decenas de plazas públicas en el país durante los últimos años. La violencia contenida en sus letras está normalizada a tal grado que diariamente miles de jóvenes escuchan esta música que encumbra a líderes del crimen organizado. 

El ”boom” de los corridos tumbados que se vive en la actualidad está relacionado con la ausencia de mecanismos morales que regulen el comportamiento de los individuos en la colectividad. La forma en la que encumbran a criminales como héroes o modelos a seguir es un problema apenas contemplado por el Estado. 

La guerra contra el narcotráfico que comenzó en 2006 trajo consigo una contra narrativa que defiende a los criminales dedicados a la desaparición, asesinatos, secuestros, violaciones, extorsiones y a cualquier tipo de abuso a los derechos humanos, y que son respaldados por una contracultura que ha crecido en años recientes. 

La fascinación por el narcotráfico no es nueva. Desde hace más de 40 años, con el estreno de la película “Scarface”—convertida en un éxito en taquilla— se evidenció el interés del público por las acciones de los criminales. En la década de los noventa, logró popularizarse la imagen de Pablo Escobar, el líder del Cártel de Cali, incluso referido como una figura metafísica. 

La guerra contra el narcotráfico también derivó en la visibilización de los “narcocorridos”. El gobierno mexicano hizo mutis al respecto. Parecía que eso no correspondía a la esfera gubernamental. 

Diferentes periodistas, como Oscar Adame, han enfatizado que dichas canciones intentan contrarrestar la narrativa oficial contra el crimen organizado. En sus piezas, difunden sus propios valores. Estos están basados en el hedonismo, la superficialidad, el egoísmo, el amor por el dinero, la cosificación de las mujeres y el nulo respeto por la vida. Lo lamentable, es que en diferentes contextos han tenido gran éxito. 

La popularidad que exalta crímenes  

En los últimos años surgieron personajes como Peso Pluma y Natanael Cano. Son sumamente populares por la difusión de corridos tumbados que remiten a las actividades del crimen organizado. La manera en la que han exaltado a los crímenes es preocupante para una sociedad que diariamente llora a sus muertos y desaparecidos. 

También las series de televisión, películas y telenovelas que han relatado las actividades de los grandes criminales contribuyen a una apología del delito. Esto, por la forma en la que exaltan los lujos y excentricidades que viven las personas dedicadas al narcotráfico. Con la justificación de la “libertad de expresión” se ha tratado de difundir un discurso que normaliza las labores del crimen organizado. 

Los códigos implícitos que aparecen entre las canciones que cantan los artistas de la narcocultura se convierten en una seria amenaza que sistematiza la violencia. Esto puede llevar a cualquiera al crimen organizado, con el afán de una vida efímera, pero llena de los lujos que, en otras actividades, no podrían tener. 

Después de la localización del rancho Izaguirre, en Teuchitlán, Jalisco, es notorio que estas fábricas de la muerte seguirán operando. Esto, en tanto la sociedad siga validando expresiones culturales que normalizan las prácticas de quienes denominan como “revolucionarios musicales”. 

La forma en que los medios han mitificado a los grandes capos como escapistas y como una especie de “Robin Hood”, es un ejercicio recurrente. Provoca que las piezas musicales reproduzcan un mensaje de epicidad. 

La fascinación por lo prohibido 

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, reconoció que la apología del delito en estas canciones es un problema que debe atender el Estado. Anunció una campaña que busca utilizar los corridos tumbados sin letras que normalicen la violencia ni fomenten la misoginia. 

La mandataria federal reconoció que una estrategia de prohibición no funcionará. Si impiden que se difundan estos contenidos, solo provocarán una mayor fascinación por lo prohibido. Las personas querrán escuchar aquella música criminalizadora que es criminalizada. 

Con el reciente escándalo de “Los Alegres del Barranco” en sus presentaciones musicales en Jalisco y Michoacán, la jefa del Estado mexicano aceptó que se trata de un tema que deben atender las autoridades de todos los niveles debido a la difusión de la violencia y el delito.  

Algunos gobernadores como el de Michoacán, Alfredo Ramírez Bedolla, y el de Jalisco, Pablo Lemus, anunciaron la prohibición de cualquier concierto que haga apología del delito. 

Este esfuerzo debe ir acompañado de una serie de políticas públicas orientadas a concientizar a la población, principalmente infantil y juvenil. Principalmente sobre la importancia de no consentir ninguna expresión de violencia en la música y sensibilizar sobre los efectos de una industria. Esa que finalmente deriva en casos como el de Teuchitlán y Ayotzinapa. 

Los jóvenes deben comprender que la reproducción de estos modelos de violencia indirectamente favorece a un esquema millonario en el que ellos, específicamente, se convierten en piezas desechables para un sistema que encumbra la violencia en los niveles más graves posibles. 

La responsabilidad ciudadana en la apología del delito  

El fin de semana pasado, Luis R. Conriquez decidió no cantar piezas musicales que hicieran apología al delito en el palenque de la Feria de Texcoco. Esto causó una respuesta violenta de los asistentes, quienes optaron por aventar variados objetos al escenario. 

Si bien el Estado mexicano tiene un alto grado de responsabilidad en implementar políticas públicas para combatir la apología al delito y fortalecer una narrativa sobre sus efectos, también es una obligación de los padres de familia saber qué escuchan sus hijos y por qué.

Deben promover una cultura de paz y respeto a los derechos humanos como un esfuerzo colectivo para reducir la violencia en el país. 

Apéndice: La narcocultura musical no es una característica única mexicana. En otras naciones de América Latina, también se ha emulado la apología del delito con canciones que enfatizan la supuesta grandeza de quienes se dedican a estas actividades. En el mundo, este género musical gana notoriedad y decenas de miles de personas lo siguen sin profundizar en las letras que normalizan la violencia en un país como México, lleno de fosas y desapariciones. 

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